En recuerdo de Míchel del Castillo

Miguel Carcasona
27 de Diciembre de 2024
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Michel del Castillo.
Michel del Castillo.

Ha fallecido Míchel del Castillo, el escritor que encabezó su novela “El crimen de los padres” con la sentencia: “No me gusta España, odio a los españoles” y, sin embargo, eligió el apellido materno para firmar sus obras, en detrimento del francés paterno. El hombre que apenas vivió quince de sus noventa y un años en nuestro país y, en cambio, afirmaba: “En cierto modo, en todos mis libros he hablado de España”.

Cuando uno se adentra en su biografía, sobre todo la del primer cuarto de vida, se entiende que no guardara buen recuerdo de sus orígenes, pues sufrió unas penurias que ni el Dickens más desatado habría concebido. Miguel Janicot Del Castillo nació en el Madrid de la República, hijo de francés venido a menos y española de sangre azul, aunque republicana. Sus padres se separaron poco antes de la Guerra Civil. Al estallar la contienda, su madre fue encarcelada unos meses por los republicanos -luego sería condenada a muerte por los fascistas– y, en 1939, madre e hijo huyeron a Francia.

Durante la ocupación nazi, el padre denunció a la exesposa, quien entregó a su hijo como rehén a los alemanes para conseguir la libertad. En 1942 fue deportado al campo de concentración de Mathausen. Sobrevivió y, en 1945, padeció una nueva deportación, esta vez a la España franquista, que lo recluyó durante cuatro años en el durísimo Asilo Durán de Barcelona. En 1949 se fugó y lo acogieron en un colegio de jesuitas en Úbeda, donde por primera vez halló una cierta paz y entró en contacto con la literatura. Se marchó del colegio con la idea de llegar a Francia, a pesar de que no sabía nada de su madre y su padre no contestaba sus cartas. Trabajó un tiempo en una fábrica de cemento en Sitges y, después, una concatenación de azares lo llevó a establecerse en Huesca entre 1951 y 1953.

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Allí lo acogió el personaje más lúgubre de la ciudad, un falangista apodado “el 103” porque coincidían su gusto por ese coñac y el número de asesinatos a sangre fría que había cometido durante la contienda y la posguerra -probablemente fueron más- en una población que apenas superaba los diez mil habitantes. Este lo acabó echando de su casa y, tras una serie de peripecias, logró alcanzar Francia, donde se produjo el gélido reencuentro con su padre – más tarde con su madre – y la aparición salvadora de unos tíos paternos. Ellos le dieron, por fin, un hogar verdadero, pudo estudiar y terminar una novela que llevaba redactando varios años, basada en su propia existencia. La tituló “Tanguy”, vio la luz en 1957 y, de la noche a la mañana, se convirtió en un célebre escritor francés.

Por razones obvias, me interesa su vínculo con Huesca, que plasmó en varias novelas. Y no sólo a mí: un librero oscense me contó cómo trajo unos ejemplares de una de ellas, en francés, y se agotaron al vuelo. Según los estudiosos de su obra, convierte a la ciudad en la metáfora del país entero, donde “todos (…) se definen contra alguien o contra algo, siempre ha sido así. Contra los moros, contra los judíos, contra los catalanes y los vascos. Se es español por oposición a unos enemigos imaginarios”.

Respecto a su relación con “el 103”, al menos en “El crimen de los padres”, la ambivalencia sobre los sentimientos hacia él es constante: por un lado, sustituyó a la figura paterna en una época crítica para Del Castillo; por otro, le revela su faceta criminal y lo expulsa de su hogar. El personaje parece encarnar lo que significa España para el autor.

En cuanto a la huella que le dejó la ciudad, aparte de lo narrado en las novelas, puedo aportar una anécdota personal: en 2008, hice de presentador y cicerone de Fernando Arrabal durante su estancia en Huesca para impartir una conferencia. Conversando en el taxi que nos llevó al Matadero salió el nombre de Míchel del Castillo, con quien mantenía trato. Hablamos de su relación con la ciudad y me confirmó que, a pesar de todo, guardaba buen recuerdo de su paso por ella.

Unos años después, durante una de sus visitas a Huesca, pude conocerlo. Se celebraba la Feria del Libro y asistí a una charla de Olga Pueyo sobre “El crimen de los padres”, que había traducido José Giménez Corbatón. Ambos tuvieron la gentileza de invitarme a un ágape posterior, donde apareció el autor. En algún momento de esa tarde me dedicó el libro con las palabras que, quizás, son un buen compendio de su literatura:

“Para Miguel (¡otro más!) Carcasona, este relato extraño, ni autobiografía, ni autoficción, tampoco novela… es la imagen de mi vida. Con amistad. Míchel del Castillo”.

Que la tierra le sea leve y que sus obras perduren.

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