Natalia Juan y el Monasterio barroco de San Juan de la Peña, una existencia azarosa para una gran obra

La historiadora del Arte destaca los orígenes, cambios y virtudes en la evolución del edificio de la Pradera de San Indalecio

05 de Marzo de 2025
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Natalia Juan en su conferencia sobre el Monasterio barroco de San Juan de la Peña en la Diputación
Natalia Juan en su conferencia sobre el Monasterio barroco de San Juan de la Peña en la Diputación

Natalia Juan García, directora del Área de Arte del Instituto de Estudios Altoaragoneses, explicó este martes en el Salón de Actos de la Diputación las vicisitudes que rodearon la construcción del Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña, "amplio y ambicioso, acorde con la dignidad de su histórica fundación", como refleja en su libro Ana Isabel Lapeña. Se trata de la segunda conferencia de este ciclo sobre la denominada "cuna de Aragón".

Natalia Juan, que empleó nueve años (de 2000 a 2009) en su tesis doctoral sobre el monumento, ha aludido a la gran cantidad de fuentes documentales y su asombrosa dispersión, consecuencia de un notable esfuerzo de documentación aunque se complementan datos no estructurados y estructurados. Desarrolló su trabajo antes de la instalación del DARA (Documentos y Archivos de Aragón). La abundancia de material queda reflejado en un hallazgo de 22 cajas en un archivo privado a finales de enero.

La profesora de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza ha agradecido en su conferencia "El monasterio barroco de San Juan de la Peña, un nuevo edificio para un lugar histórico" el respaldo del Instituto de Estudios Altoaragoneses y se ha amparado en su arranque en su "fraile favorito", Fray Joaquín Aldea, que en su Rasgo Breve de el heroico suceso, de 1748, aseguraba que "esta Augusta Casa empezó Hermita, pasó a Templo y se extendió a Monasterio de Ilustres Monges". Entiéndanse las aparentes erratas ortográficas por el lenguaje de los tiempos.

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Del atractivo del Monasterio de San Juan de la Peña dan fe fuentes gráficas, como una publicación de Huntington que utilizó una fotografía de Félix Álvarez, padre escolapio y profesor de Física, como postal. "Está en nuestra memoria visual". En el propio IEA, hay 390 registros y abundantes testimonios gráficos.

Ha proyectado abundante bibliografía, como la obra de Manuel Abizanda y Broto, miembro que fue de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis, que publicó "San Juan de la Peña: lo que fue, lo que es y lo que debería ser". Tenía una visión negativa: "Del Monasterio Nuevo empezado en 1675 y concluido en 1714, más vale no hablar; aquí se volcó el mal gusto de una época y esto se conoce que ha servido de excusa para dejarlo hundir y conservarlo (destruyéndose) como está actualmente; y bien hundido estará". Esta obra es de 1925.

Natalia Juan ha expuesto las constituciones de las congregaciones benedictinas, que se distribuían en dos regiones en España, la de Valladolid y la Tarraconense, con dos clases de monjes negros de San Benito: los observantes y los claustrales. Al Tarraconense perteneció San Juan de la Peña. Fray Joaquín Aldea tenía una percepción mucho más positiva. Cada monasterio tenía independencia absoluta y la distribución económica en la Edad Media no fue cambiada en la Moderna

La historiadora ha sostenido que los benedictinos contaron con el favor tradicionalmnente de los reyes. A Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, enterrados en el cenobio bajo la roca, le sucedieron en el apoyo los Austrias y los Borbones para afavorecer la financiación y la reconstrucción. Se iban a trasladar los cuerpos de los reyes al crucero del Monasterio Nuevo, según distintos documentos.

EL INCENDIO, DETERMINANTE

Era común que no se levantaran edificios de nueva planta salvo en caso de incendios.Pero la decisión de erigir el Monasterio Nuevovenía por una causa mayor: el fuego de 24 de febrero de 1675. La chispa surgió en una estancia y abrasó todo paulatinamente, el refectorio y gran parte del templo, pero afortunadamente habían salvado las reliquias y el archivo documental. Oliván Baile describía en 1974 el desastre: "Los dormitorios antiguo y moderno, ardiendo seguidamente la hospedería, refectorio y archivo, de donde los monjes pudieron sacar todo lo antiguo de las escrituras, cuando otros antes de que ardiera el templo sacaan de la sacristía vasos, joyas sagradas y reliquias. El claustro se desplomó y el fuego borró y perdió muchas inscripciones en las centenarias piedras". Como sentenciaba La Ripa, "todo esto que costó muchos años... tuvo fin en breve rato".

Es curioso porque, como sostenía Fray Joaquín Aldea, "temían más al agua que al fuego, por las inevitables, continuas humedades de aquel sitio, ladrón más perjudicial por disimulado, porque va insensiblemente hurtando de poco en poco".

Natalia Juan en su conferencia sobre el Monasterio barroco de San Juan de la Peña en la Diputación
Asistentes a la conferencia de Natalia Juan

Los benedictinos determinaron que no podian alojarse en otro sitio de frío y con humedad, por lo que decidieron establecerse en la Pradera de San Indalecio, llano, soleado y con grandes posibilidades para elevar un edificio de nueva fábrica

Del primer proyecto en 1676 de Miguel Ximénez se transitó al de Francisco de Artiga en 1686, se pasó a otro en 1737 firmado por Antonio Joseph Tornés, y en 1815 un tercero de Mariano Laoliva, Miguel Fagalar y Xavier García Navasqués. Tornés expresaba su esperanza de que, "concluido todo, será esta fábrica firme, útil, perfecta y hermosa", en evidente alusión a Vitruvio.

Interesante es la fórmula económica combinada. La primera fuente de ingresos, las rentas del Abad, y es que un año antes había fallecido y no se había repuesto la plaza, por lo que se destinó a la construcción. Luego, los monjes priorales cedieron sus retribuciones, hubo donaciones de los monjes y se aprovechó también la cuarta décima, la exención del pago a la Casa Real durante 25 años. Por cierto, la época sin abad fue "dorada".

Del proyecto de Artiga al de Tornés hay un cambio de ambición. Aunque sigue el modelo de los monasterios benedictinos de Iglesia y dos Claustros, Joseph Antonio Tornés define uno doble, con cuatro claustros, dos delantes y dos detrás, con el mismo eje, simétrico, pero lo que prevalecía era acabar la obra, por lo que el postrero planteamiento lo dejó reducido respecto a la previsión.

El interior del Monasterio Nuevo era diferente a las paredes blancas y desnudas que hoy se aprecian. Había, aseguraba Natalia Juan, retablos dorados y policromados, órgano, sillería y se renovó el patrimonio litúrgico. Llegó a tener una colección pictórica extraordinaria.

El incendio en la Guerra de la Independencia el 24 de octubre de 1815 fue fatal. Pero el Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña es, aun con todas las vicisitudes, una obra extraordinaria dentro del patrimonio aragonés y, en este sentido, la historiadora reclamaba el máximo esfuerzo para restaurar todo su esplendor y para identificarlo con la historia reciente de Aragón.

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