Apelaba Ricardo Casero en la entrevista concedida a nuestro diario al profundo sentido de la libertad para disfrutar del Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart en el Palacio de Congresos de Huesca, con la interpretación entonces prometedora, ahora poderosísima, de la Orquesta Reino de Aragón (ORA) y del Coro Amici Musicae. En tal sentido, una de las obras más escuchadas en la historia de la humanidad ha estremecido y emocionado, ha deleitado y ha sobrecogido, ha perfilado sutilmente los sentidos y los ha exaltado a la par, hasta concluir, casi dos horas después, en una ovación unánime, larguísima y, sobre todo, profunda. Un aplauso que en cada palmada desprendía admiración.
La convicción del director procede de una certeza que aloja inspiración, sensibilidad y, sobre todo, toneladas de trabajo, si es que en la sucesión de instrumentos y voces se pueden encontrar medidas tangibles. El espectáculo constata la madurez de la ORA y la capacidad de adaptar el programa a una línea de coherencia en la que, alternativamente, se suceden sensaciones naturales y trascendencias. El inicio, con la obertura Samson de Georg Friedrich Händel, un oratorio para introducir en la atmósfera que fluctúa conforme le llevan las partituras y el preciso ensamblamiento de los instrumentos.
Los casi cuarenta músicos iniciales bajo la batuta de Ricardo Casero han acogido, preparados para una fusión realmente mágica, a Francisco López Martín y Noelia Cotuna para el fascinante Concierto para flauta y arpa en do mayor de Mozart. En los diálogos entre los solistas y la orquesta, por momento a algunos se nos han asomado los que mantenían en torno a la naturaleza y la divinidad Critilo y Andrenio en El Criticón, hasta abrazar el entendimiento. Los matices de la espectacular arpa y las tonalidades de la flauta se sucedían en un tono en el que el lucimiento con el conjunto subyugaba al auditorio, en una tensión entre entregarse a la imaginación o apreciar el espectáculo visual. Del andantino, se pasaba al rondo Allegro, cuando Noelia Cotuna y Francisco López exprimían toda el virtuosismo que entrega, en sus interpretaciones, la obra y los instrumentos.

APOTEOSIS, ORACIÓN Y EPOPEYA
Probablemente porque Mozart no culminó el Réquiem y quedó tras su muerte a la interpretación del hilo de la coherencia de sus discípulos, sobre todo Süssmayr, la mayor certeza en torno a cuál hubiera sido la composición final del genio de Salzburgo, se limita a su seguridad de que estaba escribiendo la música fúnebre que le acompañaría en su final en este mundo.
A la belleza sinfónica de la Orquesta Reino de Aragón se han sumado, espléndidos, los cuatro solistas, la soprano Eugenia Boix (que es montisonense pero ya es universal), de la mezzosoprano Patricia Illera, del tenor Andrés Sánchez-Joglar y de Giorgio Celenza. A sus voces prodigiosas, imponentes, se han sumado sus variaciones en las combinaciones y su tendencia a la perfección en la interpretación coral.
Y, con ellos, el Coro Amici Musicae dirigido por Igor Tantos, que ha derribado las barreras del sonido más hermoso con tanta solemnidad como tono de epopeya, como si todos los grupos celestiales quisieran unirse en la Misa de Réquiem para otorgarle autenticidad y poder en el instante fatídico del tránsito entre las dimensiones, de la vida a la muerte.
De la introducción con el réquiem eterno se ha transitado al Kyrie, al Señor, ten Piedad con el que musicalmente se ha implorado al Altísimo. Luego, el Día de la Ira con el rechinar de dientes, la Tuba Mirum o el asombro ante la contemplación de Dios, la adoración al rey majestuoso (Rex tremendae), la oración al Jesús que quita los pecados del mundo, el destino de los malditos (Confutatis maledictis) y la invocación a la misericordia divina para que el Supremo envíe el corazón (Lacrimosa).

El clímax ha ido apoderándose a una del público, de la orquesta, del coro y de los solistas con el Ofertorio al Rey de la gloria para que libere las almas de los difuntos y las Hostias como ofrendas y alabanzas al Señor. La coralidad exuberante sobrecogía.
La apoteosis se perfilaba hacia el final de la obra maestra, también de la vida, en la Misa de Réquiem con el Sanctus, el Benedictus y el Cordero de Dios, para concluir, coincidencia en este año Jubilar en el que la esperanza acompaña a los peregrinos, en la comunión para ver, finalmente, la Luz Eterna, la de la verdad y la vida. La que explica el sentido del Réquiem, de la música, de la trascendencia y de la fe que, en sentido terrenal, se han ganado los 150 músicos bajo la batuta magistral de un Ricardo Casero infatigable en su entrega, concentrado al máximo en la dirección de orquesta, coro y solistas, y responsable de un monumento musical como el que ha obsequiado a un auditorio Carlos Saura lleno hasta arriba.
Una experiencia que exige un rosario de epítetos en función de la justicia con la Orquesta Reina de Aragón que nació en Huesca, por circunstancias de la feble desidia institucional hubo de emigrar y hoy reside en el Auditorio de Zaragoza, a apenas un ratito de distancia y siempre dispuesta a coger el portante para trasladarse a su cuna. Matrícula de honor por su profesionalidad y compromiso, idéntica calificación al portentoso Amici Musicae y admiración máxima a los solistas.
En este estado de madurez y la regularidad que da el dominio del tempo, de los instrumentos y los centenarios, brota una convicción tan profunda como la misa de réquiem que un buen día protagonizaremos todos, y es que no existe posibilidad de fallo, y es que, como asegura su gerente y factótum, Sergio Guarné, "son todos muy buenos". Y así los percibimos. Enhorabuena en este momento nocturno de serenidad feliz alumbrado por los sacramentos instrumentales.