Cuando el 1 de octubre de 2024 el Ayuntamiento de Huesca homenajeó a los 36 centenarios de la ciudad, hubo escenas entrañables, divertidas e incluso cómicas, nostálgicas y, sobre todo, impregnadas de admiración. A cada glosa de Belén Giménez, respondía la parroquia congregada en el Colegio Imperial de Santiago con una salva de aplausos, Como explicaba graciosamente Katherine Hepburn, esa inmensa tarta de cumpleaños se asemejaba a un desfile de antorchas.
En el Día Internacional de las Personas Mayores, resultaba reconfortante y alegre la visión de los centenarios dispuestos a recoger su placa después de, emocionados, escuchar los elogios sobre su fructíferas existencias. Ser el mayor entre los que han cumplido cien años constituye un mérito tal que Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, atribuyó a la resistencia en este planeta la condición creativa a través de su obra "El arte de envejecer". Habiéndose quedado en su biografía terrenal en 1860, es normal que su contabilidad fuera restringida: "Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario". Cuestión de esperanza que se ha estirado como la goma en estos 165 años desde su desaparición.
De los setenta de Schopenhauer a los 106 con los que ha fallecido este lunes, 24 de marzo, Tomás Castán Malo, el hombre más longevo de Huesca, han transitado más de siete lustros añadidos en los que el bueno de Tomás ha practicado la sabiduría de la serenidad, que no es resignación, sino capacidad de concebir los ritmos de la existencia y aplicarlos.
Tomás Castán Malo nació en Arguis en una familia larga, con tres hermanas (Plácida, María y Esperanza), en 1919, año capicúa y duro con los efectos de la gripe española y la resaca insana de la I Guerra Mundial. Dos conflictos globales, una conflagración doméstica en su país, dos pandemias ha padecido el bueno de Tomás. Probablemente por sus raíces, encaminó su voluntad laboral al medio natural, como guarda forestal que también marcó dos destinos más: Salinas de Hoz y Rasal. Encontró una mayor comodidad en el Instituto de Conservación de la Naturaleza (Icona) en su emblemático "chalet" de Huesca.
Concibió con su esposa, María Santolaria Ascaso, a dos hijos (Ana María y Jorge) que, a su vez con sus cónyuges (Ramón y Pili), le dieron dos nietas, María y Lorena, que en la rueda de la vida han proseguido la evolución con bisnietos. De aficiones sencillas, se empleó con buen desempeño en el tejo y otros juegos tradicionales en el Parque Miguel Servet. Con los años, transitó a nuevos gustos, las cartas en el Casino, la lectura y la televisión con los reportajes de animales y el concurso Pasapalabra.
Con su bastón y la dignidad senatorial de las distinguidas canas, Tomás Castán tomó la placa de reconocimiento de manos de la alcaldesa de Huesca, Lorena Orduna, ese 1 de octubre. La recibió y volvió a sentarse. Sonrió como venía haciendo sin cesar desde el inicio del tributo, quizás certificando aquella convicción de Víctor Ruiz Iriarte de que la sonrisa es el lenguaje de las personas inteligentes. 175 días después, se ha marchado con humildad, con una hoja de servicios rebosante y con la certeza de haber contribuido a dibujar una Huesca mejor. Pasapalabra a la identificiación del siguiente más longevo. En la sociedad del edadismo, confortan ejemplos como el de Tomás, al que despide su multitud de allegados y amigos en el Tanatorio Hermanos Santander y mañana, a las 16:30, dan el último adiós en la Real y Parroquial Basílica de San Lorenzo.