Querido lector, ¿sabes qué le faltaba a tu vida? No, no es estabilidad emocional, un aumento de sueldo o aprender a hacer la declaración de la renta sin llorar lágrimas como peras de agua. Lo que de verdad necesitas es una nevera bien mona, bien puesta, bien organizada... aunque te estés jugando una salmonelosis de campeonato. Bienvenido al fridgescaping, la última y más preocupante tendencia que ha llegado a nuestras vidas como un virus en un buffet libre.
Para los que no estén al día en esta corriente de la estupidez contemporánea, el fridgescaping consiste en convertir tu nevera en una obra de arte para Instagram. No es suficiente con que los alimentos estén frescos y bien almacenados. ¡No! Lo que importa es la estética, que cuando abras la puerta del frigorífico parezca que te has colado en el despacho de Marie Kondo después de una sobredosis de organización. Aquí no hay tetrabriks, ni botes con etiquetas arrugadas, ni esa fiambrera con restos de chopped verde y peluchón que nadie recuerda haber metido. En su lugar, hay frutas perfectamente alineadas, lechugas en tarros de cristal, agua en dispensadores de lujo y, si te descuidas, hasta una vela aromática con aroma a nubes de primavera. Como si no tuviéramos suficientes problemas en la vida, ahora hay que preocuparse por la decoración interior del frigorífico. No es suficiente con que los yogures no caduquen y que el jamón no adquiera vida propia. Ahora hay que hacer que todo combine, que los tomates tengan un degradado cromático y que los huevos descansen en una cesta de rafia como si fueran clientes VIP en un resort cinco estrellas. Y sí, he dicho rafia, porque lo de usar los envases originales está demodé. Ahora todo va en tarros, botellas de vidrio y organizadores acrílicos. ¿Que el fabricante diseñó un envase específicamente para conservar ese producto? A quién le importa. Lo metemos en un bote bonito y ya si eso nos arriesgamos a una intoxicación.
Aquí es donde la cosa empieza a ponerse seria. Porque, no contentos con deshacernos de los envases originales (esos que, por cierto, están bien diseñados y pergeñados para proteger los alimentos, aumentando su vida útil), hay quien ha decidido que la mejor forma de almacenar productos frescos es meterlos en recipientes no aptos para ello. Sí, amigos, en pleno siglo XXI, con acceso ilimitado a información, seguimos sin entender que hay plásticos, vidrios y otros materiales que no están pensados para el contacto con alimentos. Pero claro, lo importante no es la seguridad alimentaria, sino que la nevera parezca la vitrina de un museo escandinavo. El nivel de mastuerzo requerido para este tipo de prácticas es considerable. Y no es que yo quiera llamar imbécil a nadie, pero si eres de los que han decidido traspasar la leche a un bote de cristal sin cierre hermético para que “quede más cuqui”, te informo de que lo único que estás logrando es una fermentación express y una visita garantizada y nada satisfactoria al baño.
Y claro, como en todo en la vida, siempre hay alguien que lleva las cosas demasiado lejos. No es suficiente con organizar los alimentos. Ahora hay que meter elementos decorativos, porque si no, ¿cómo se va a notar el esfuerzo? Ramas de eucalipto, velas perfumadas (sí, dentro de la nevera, como lo lees), luces LED y hasta fotografías. ¿Quieres meter la foto del novio en la nevera? Por supuesto, pero recuerda que la Bruja Lola ya metía en el congelador a la gente a la que le deseaba que le fuera mal. Igual es el universo intentando decirte algo.
Pero volvamos a la cordura. Que ya es preocupante que haya gente con tanto tiempo libre como para convertir su frigorífico en una exposición de arte contemporáneo, pero que encima lo hagan a costa de su salud ya es otro nivel. Meter la carne en un bote de cristal porque queda bonito es un insulto a todas las abuelas que llevan décadas congelando en “paqueticos etiquetadicos” con una fiabilidad de ingeniería alemana. Como toda moda absurda, el fridgescaping trae consigo una presión social tremenda. Porque claro, ahora ya no basta con que tu nevera tenga comida dentro. No, ahora tiene que parecer una escena de revista. Si la abres y tienes un tupper con las sobras de ayer, un bote de ketchup a medio acabar y una bandeja de filetes en su bandeja de siempre, ya eres un paria del diseño. Y lo peor de todo es que esta tendencia solo la puede seguir quien tiene tiempo y dinero para hacerlo. Porque entre comprar los organizadores, dedicar horas a reorganizar todo cada vez que haces la compra y arriesgarte a intoxicarte, lo que necesitas es, básicamente, estar desempleado o ser influencer TOP.
Y es que, si nos paramos a pensarlo, todo esto es una perfecta metáfora de la sociedad en la que vivimos. Da igual que algo sea práctico, funcional y seguro, si no es bonito para Instagram, no sirve. Hemos llegado al punto en el que nos preocupa más que la nevera sea estética a que los alimentos estén bien conservados. Si esto no es el colapso de la civilización, yo ya no sé qué lo es.
A estas alturas, la única recomendación sensata que puedo hacer es que si alguna vez sientes la necesidad de ponerte a reorganizar tu nevera para que quede bonita en redes sociales, te lo pienses dos veces. Porque en serio, si tienes tiempo para esto, igual lo que necesitas no es fridgescaping, sino terapia. Tu frigorífico no necesita una puesta en escena, lo que necesita es que revises las fechas de caducidad y que no metas la cebolla pocha junto a la carne. Si aún así decides seguir adelante con tu obra maestra de la decoración culinaria y empiezas a sustituir envases aptos por tarros de diseño, al menos prepárate para la gastroenteritis más estéticamente agradable de tu vida. Y si algún día ves a alguien poniendo un ramo de flores dentro del frigorífico, no lo dudes: corre.